¿Podemos esperar una “Nueva Comunidad de las Américas” en un gobierno Kerry-Edwards, tal como lo prometió el candidato presidencial?
Poco probable.
¿Podrían mejorar las relaciones entre Estados Unidos y América Latina con un gobierno demócrata en la Casa Blanca?
Muy probable, teniendo en cuenta cómo se han deteriorado las relaciones durante el actual gobierno republicano.
Mientras trazaba las líneas generales de su propia agenda política para Latinoamérica y el Caribe, John Kerry acusó a la política exterior de Bush de “el descuido, el fracaso en el apoyo a las instituciones democráticas y la ineptitud diplomática”. Criticó también al presidente Bush por su “política monotemática” sobre el comercio y por fracasar en su papel de "buen vecino". En un discurso frente a la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Electos y Designados a fines de junio de 2004, Kerry señaló que, “en lugar de ser un buen vecino, el presidente ha ignorado una gran variedad de males--incluyendo las crisis políticas y financieras, el desempleo, y el tráfico de drogas”.
En cambio, Kerry propone una “nueva Comunidad de las Américas” en donde “los vecinos cuiden de sus vecinos” y “trabajen juntos hacia objetivos comunes” y “el respeto mutuo”. Con su llamado a la inserción de cláusulas sociales en acuerdos de comercio, a un fondo de inversión social y a un apoyo creciente a gobiernos democráticos, Kerry le dio un distintivo toque liberal a su agenda política de una "Comunidad de las Américas”.
Además, propuso una política de "buen vecino”, citando a los gobiernos de los presidentes Franklin D. Roosevelt y John F. Kennedy. Sería bueno para Kerry recordar que cuando Franklin Roosevelt dio a conocer el concepto de su política de buen vecino, primero en un artículo en la revista Foreign Affairs en 1928 y luego en su discurso inaugural en 1932, estaba proponiendo un quiebre con la política tradicional en la región. No era solo hablar: Roosevelt reemplazó la estrategia existente de intervenciones y ocupaciones, con su nueva política del "buen vecino”, y así inauguró una década de buenas relaciones entre los Estados Unidos y América Latina. Durante su mandato, Roosevelt puso término a las intervenciones militares, insistió que el Departamento de Estado ponga fin al racismo y condescendencia hacia América Latina, e incrementó drásticamente las consultas hemisféricas.
Este distanciamiento de las viejas costumbres es lo que se necesita con urgencia una vez más. Pero la visión de Kerry, en su mayor parte, es sólo una colección de cliché, y no se aleja demasiado de los esquemas de la actual política de los EE.UU. hacia la región. No obstante, la “Comunidad de las Américas” en la agenda de Kerry ofrece espacios para un diálogo sobre los principios y políticas sobre las cuales se podría basar una comunidad hemisférica.
Comercio libre, comercio justo
Kerry promete renegociar el Acuerdo de Libre Comercio de Centroamérica (ALCC), al cual se han adherido cinco naciones centroamericanas y el gobierno de los Estados Unidos. Adoptando el tono populista de su compañero de fórmula John Edwards, cuyo programa para el comercio, cuando todavía hacia campaña por ser el candidato presidencial de los democráticos, era muy proteccionista, Kerry asegura asimismo que las negociaciones para el Área del Libre Comercio de las Américas (ALCA), como todas las futuras negociaciones comerciales, incluirán una “fuerte protección laboral y el medio ambiente”.
Su historial de votos ha situado a Kerry en el campo del libre comercio, ya que apoyó importantes iniciativas en años recientes, incluyendo el Acuerdo de Libre Comercio de Norteamérica (TLC). Como candidato, sin embargo, Kerry ha adoptado una postura más sutil. Él sostiene que un incremento comercial con “nuestros aliados y vecinos de Latinoamérica traerá crecimiento y afianzamiento entre nuestras naciones”. Con el fin de apelar a los trabajadores descontentos con el debilitado mercado laboral y con los salarios paralizados, Kerry dijo que “si los tratados de comercio que no benefician a los trabajadores, de aquí o de allí, no vale la pena firmarlos”.
En contraste, como senador demócrata para Carolina del Norte, John Edwards, se ha opuesto a la mayoría de los acuerdos comerciales en el Congreso basándose en que eso les quita trabajo a los trabajadores de los Estados Unidos. Durante la campaña primaria, Edwards se jactó de su historial de votos en contra del libre comercio, recalcando que él procede de una familia de trabajadores de fábricas textiles y que justamente la integración económica del libre mercado estaba haciendo desaparecer la industria manufacturera de su estado natal, particularmente la industria textil. Edwards, por ejemplo, ha votado en contra de los acuerdos de comercio preferenciales los cuales le han dado al Caribe y a las naciones andinas un mayor acceso a los productos de los Estados Unidos y a los mercados textiles. Teniendo a Edwards como compañero de fórmula, Kerry se acerca a los activistas del libre comercio y a los sectores laborales y económicos como el agrícola y el textil, sectores que, continúan beneficiándose del proteccionismo de los Estados Unidos.
¿Cómo podría diferenciarse la política de comercio de un gobierno de Kerry de aquella de Bush o Clinton? La posición comercial de un gobierno de Kerry, frente a aquella de un segundo gobierno de Bush, dependerá sobre todo del estado de la economía de los Estados Unidos, del déficit comercial, del mercado de trabajo y de un nuevo balance político entre demócratas y republicanos.
Es poco probable por cierto, que Kerry adopte la postura de Clinton de apoyar enérgicamente al comercio libre como un impulso para el desarrollo económico global, la liberación política y el crecimiento económico de los Estados Unidos. A diferencia de Clinton, Kerry no es un ideólogo del comercio libre ni un verdadero creyente. Pero, como Clinton, y al contrario de Bush, Kerry podría ser un gran defensor de las cláusulas sociales en los acuerdos de comercio, por el sólo hecho de calmar al electorado trabajador y ambientalista.
Durante los años de Clinton, la economía de los Estado Unidos estaba en su auge. La filosofía del libre comercio adoptada por los conservadores del Partido Demócrata, junto con la mayoría de la elite política del país, era vista como el único marco viable para la política económica global. Otros modelos de gestión económica como el socialismo, la industrialización sustitutiva de importaciones y la democracia social de Europa habían fallado, especialmente vistos en comparación con el nuevo dinamismo económico producido por la globalización.
En estos tiempos, sin embargo, esta filosofía de libre comercio está siendo cuestionada. Ya no es posible avanzar argumentos en pro al libre comercio como una solución a los problemas de desarrollo que enfrentan los países del sur. Uno no debería mirar más lejos de América Latina para ver los estragos que ha causado las políticas de comercio libre adoptadas por las elites nacionales y promovidas por Washington con acuerdo de las instituciones de gobierno económico global. Tan intensa es la reacción de un creciente número de países como Bolivia, Perú y Argentina, que el comando de las fuerzas armadas de los EE.UU. responsable por el hemisferio del sur, SOUTHCOM, identificó al “populismo radical” como el inicio de una nueva amenaza a su seguridad en Latinoamérica.
La agenda de Kerry para las relaciones económicas entre EE.UU. y Latinoamérica no brinda recetas de cómo tratar los obstáculos estructurales básicos para afrontar el desarrollo en la región. Muchos de los graves problemas, como ser el no poseer tierra, contar con bases limitadas para los impuestos, la marginalización rural e indígena, requieren de soluciones políticas domésticas y no están al alcance de la política exterior de los Estados Unidos. Pero una visión innovadora para una “Comunidad de las Américas” haría por lo menos una mención de éstos y otros obstáculos al desarrollo.
En vez de ello, Kerry se contenta con repetir el refrán familiarque las cláusulas sociales deben estar integradas en los acuerdos económicos de integración y hace un llamado a un nuevo fondo de inversión social. En este respecto, la agenda de comercio es un calco de los acuerdos e instituciones paralelos como el Banco de Desarrollo de Norteamérica y la Comisión de Medio Ambiente de Norte América que Clinton ha incluido en el TLC.
Es revelador que Kerry mantenga la boca cerrada en cuanto a las principales demandas de negociación de los países de Latinoamérica: terminar con los subsidios de agricultura de los Estados Unidos; mayor acceso a los mercados protegidos de los Estados Unidos y poner fin al uso de las provisiones anti dumping del gobierno de los Estados Unidos para proteger las industrias incompetentes de las exportaciones de los países en desarrollo. En cambio, Kerry sostiene que los acuerdos de libre comercio benefician principalmente a nuestros socios comerciales. Nada sobre los subsidios a las grandes empresas agrícolas que les permiten invadir los mercados de Latinoamérica con productos baratos. Nada sobre el cómo los Estados Unidos protege a ciertos sectores económicos, como el azúcar y las industrias cítricas, los cuales no son competitivos en el mercado mundial. Tomando prestadas las palabras de Edwards cuando declaraba su visión sobre las relaciones de Estados Unidos y América Latina, Kerry expresó, “Vamos a detener a aquellos países que violan los acuerdos y obtengan para sí ganancias indebidas”. Según Kerry, “Si uno le brinda un trato justo a los trabajadores de Estados Unidos, no hay nadie contra el cual el trabajador estadounidense no pueda competir”.
Mensajes nacionalistas y populistas como éstos podrían surtir un buen efecto en Peoria, Illinois o Raleigh, North Carolina--pero no en Latinoamérica. Estos tipos de mensajes plantean la posibilidad de que la protección instintiva de todos los sectores económicos de Estados Unidos--sin importar lo incompetente que sean--sería un principio incondicional en la política comercial de la cupla Kerry-Edwards.
Sin lugar a dudas, si la integración económica global o hemisférica va a recibir un amplio apoyo popular ya sea en el país o en el exterior, los líderes políticos deberían tratar los asuntos candentes como la salida de dinero, la degradación ambiental, los impactos negativos en los salarios y el activismo laboral. A pesar de que muchos defensores del libre comercio lo aseguran, casi no hay razón para creer que las cláusulas sociales insertadas en los acuerdos de comercio vayan a ser el único remedio.
Como Kerry lo debería saber, en las negociaciones comerciales con los países en desarrollo, toda insistencia de parte de los Estados Unidos de incluir cláusulas sociales ejecutables en los acuerdos de comercio no iría a ningún lado, sea en Latinoamérica u otro lugar. Ante la ausencia de un compromiso masivo de los Estados Unidos de mejorar el nivel de vida en la región, la defensa de las cláusulas sociales podría ser considerada como un truco proteccionista tanto por parte de las elites políticas como por parte de los sectores populares.
Además de las cláusulas sociales en los acuerdos de comercio, Kerry ha sacado a relucir el viejo lenguaje de “un fondo para la inversión social y para el desarrollo”. En los años 60, el gobierno de Kennedy, resuelto en frenar el avance de la izquierda en Latinoamérica, propuso su “Alianza para el Progreso”. La Alianza para el Progreso, en esencia una contrainsurgencia multidimensional que incluyó entrenamiento policial y militar, tuvo el mérito de tratar honestamente las causas estructurales del descontento popular y proveyó de fondos para la reforma agraria, de cooperativas para el productor y de programas de desarrollo rurales integrados dirigidos hacia el transporte, la asistencia técnica y las necesidades de mercadotecnia de los campesinos latinoamericanos.
Hoy en día, la sociedad latinoamericana está económicamente más polarizada que en los años 60’. Cuarenta y cinco por ciento de la población está inmersa en una profunda pobreza. A la mira de este empobrecimiento y del aumento de la inestabilidad política, Kerry ofrece un fondo de inversión social de 500 millones de dólares dirigidos a fomentar a pequeñas empresas y a micro emprendimientos. Según Kerry, el flujo de más recursos para la “capacitación vocacional y capacitación a micro emprendimientos y financiamiento” convertiría a millones de personas pobres en “beneficiarios para la reforma”.
Aunque el hecho de ligar la ayuda económica a la promoción de negocios puede ganar adeptos en el congreso de los Estados Unidos, que podrían aprobar dicho programa, es poco probable que un gobierno de Kerry obtenga la aprobación para incrementar la ayuda a Latinoamérica y el Caribe en una época de déficit presupuestario y una creciente preocupación doméstica por la creación de nuevos empleos. Una posibilidad sería la de desviar el actual flujo de ayuda militar y política de los Estados Unidos y volcarlo en la asistencia para el desarrollo. Sin embargo, en su propuesta de la Comunidad de las Américas, Kerry no hace mención del hecho que desde mediados de los años 90’, la ayuda militar y policial a la región se ha triplicado--de 161 millones dólares en 1996 a 874 millones en 2004.
La política de la promoción de la democracia
El componente central en la agenda de la “Comunidad de las Américas” de Kerry es su programa para afianzar y promover la democracia en Latinoamérica. En ese marco, lo más alentador es la promesa de Kerry que el gobierno de los Estados Unidos se mantendrá neutral en las elecciones libres de esa región. Según Kerry, “Cuando los Estados Unidos elige a sus candidatos favoritos, está debilitando la integridad de esos procesos políticos. Muy frecuentemente, nuestro apoyo puede causar una fuerte reacción en una población hipersensible a la intromisión de los Estados Unidos, tal como ocurrió en Bolivia”. Podría haber agregado allí que también es cierto que los votantes, conscientes del poder económico de los EE.UU., han demostrado su indecisión de votar por candidatos criticados por Washington--no necesariamente porque compartan la opinión de la Casa Blanca sino por el temor a una represalia. Eso fue el caso en las recientes elecciones en El Salvador y Nicaragua.
También es loable que al candidato por el partido demócrata haya hecho la siguiente declaración: “No debemos aprobar el dominio de la muchedumbre o la fuerza militar para derrocar a un presidente electo”. Kerry mencionó los casos de Haití y Venezuela, países en donde los Estados Unidos ha respaldado a líderes de golpes de Estado violando así el principio de defender a los procesos democráticos.
La crítica que hizo Kerry al papel que desempeñó el gobierno de Bush en la política interna de Haití y Venezuela abriga las esperanzas de un posible mejoramiento de las relaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica bajo el gobierno de Kerry. Sin embargo, la declaración de Kerry de que Washington “debería apoyar a disidentes democráticos legítimos”, apuntando a Cuba y Venezuela como los países en donde este apoyo es necesario, es preocupante, dado el historial de EE.UU. de “entrometerse” en la política interna de Latinoamérica.
Lo que acentúa aquella preocupación es la visión simplista de Kerry sobre el Fondo Nacional para la Democracia (NED, por sus siglas en inglés), una institución neoconservadora creada durante el gobierno de Reagan, como un canal para la ayuda política a aquellos países considerados prioritarios para la política exterior y militar de los Estados Unidos. El NED, por sí mismo, se ha manifestado como un intruso en países como Nicaragua, Panamá, Cuba, Haití y Venezuela. A pesar de esta sórdida historia, Kerry propone triplicar los fondos de esta institución. Dicho financiamiento permitiría al gobierno de los Estados Unidos a “incrementar la tarea del NED con el fin de capacitar y organizar a los líderes de los partidos políticos en el exterior”. En el momento en que las sociedades de Latinoamérica se están inclinando hacia los líderes populistas y centro-izquierdistas, este fondo privilegiará a los partidos políticos conservadores, como ya lo venía haciendo en sus dos décadas de intervención política en el exterior.
Como presidente, Kerry podría encontrarse desencajado de la dinámica política de Latinoamérica. En su propuesta para una “Comunidad de las Américas”, Kerry se enfoca en Cuba y en Venezuela. Mientras que la democracia y el gobierno constitucional son preocupaciones en aquellos países, Kerry se estanca en la gastada retórica del compromiso de los Estados Unidos en promover y afianzar la democracia. ¿Cómo puede ser posible que haya una comunidad americana cuando los Estados Unidos continúa con su embargo ilegal, contraproducente y socialmente destructivo contra una nación? Las críticas al gobierno populista de Venezuela tendría más apoyo si vienen acompañadas por un reconocimiento de que el gobierno de Chávez ha obtenido un gran apoyo popular gracias a sus promesas y programas de ayudar a los sin tierras, a los destituidos y a los marginados.
Si Kerry es sensato cuando afirma que quiere tratar de convertir a los Estados Unidos en “un verdadero faro para la democracia y el progreso en nuestro continente” y si es sensato al afirmar que quiere que los Estados Unidos sea respetado como un buen vecino, su gobierno necesitará ir más allá de los discursos sobre la democracia y los buenos vecinos. En la agenda de Kerry uno sólo puede detectar un entendimiento superficial de las realidades de Latinoamérica y el Caribe.
Batallas comunes
Kerry no se ha pronunciado sobre si incrementará o no la ayuda militar y policial de los Estados Unidos a Latinoamérica y el Caribe, una medida que se viene repitiendo en cada nuevo gobierno a pesar de que la justificación para dicha ayuda, viene sufriendo constantes cambios. Por cuatro décadas, durante la guerra fría, la justificación para establecer relaciones con las fuerzas de seguridad de la región era que dicha asistencia prevenía el aumento de los movimientos políticos comunistas, socialistas e izquierdistas. Al finalizar la guerra fría, la ayuda de Estados Unidos a las fuerzas armadas de la región fue dramáticamente reducida. Sin embargo, el ejército de los Estados Unidos, reacio con anterioridad a involucrarse a la prevención contra las drogas, se aferró a la llamada guerra contra las drogas como su nueva justificación para la ayuda y entrenamiento militar y policial.
A finales de los años 90’, los partidarios de dicha ayuda han cambiado gradualmente su argumento para incrementar el nivel de ayuda y participación--que va desde luchar contra el narcotráfico, asistir a los países andinos (principalmente Colombia) hasta declarar la guerra contra los narco-guerrilleros. Hoy en día, los argumentos de la ayuda militar de los Estados Unidos están delineados dentro del contexto de la “guerra global contra el terrorismo”. De comprometerse primero con luchar contra los carteles de droga internacionales a luchar contra los narco-guerrilleros después, el gobierno de Bush y el SOUTHCOM sostienen ahora que están comprometidos a luchar contra los “narco-terroristas”.
Aparentemente, Kerry no tiene problemas con todos estos cambios en la justificación de la ayuda militar y la presencia de los Estados Unidos en Latinoamérica. En vez de ello, él asume que Latinoamérica apoya las estrategias de la seguridad nacional de los Estados Unidos en la región. “En la guerra contra el terrorismo, en la guerra contra la pobreza, en la guerra contra el contrabando de drogas, en nuestras numerosas batallas comunes, debemos contar con nuestros vecinos como socios, no como ciudadanos de segunda clase, de manera que este pueda ser verdaderamente el Siglo de las Américas”, declaró Kerry.
Tales retóricas son tan engañosas y peligrosas como las visiones del gobierno de Bush. Kerry caería en un gran error si verdaderamente cree que el pueblo de Latinoamérica y el Caribe ven la guerra contra el terrorismo o la guerra contra el narcotráfico como batallas comunes.
La nueva política del buen vecino
Kerry utilizó el lenguaje y el vocabulario correcto en su plan para una Nueva Comunidad de las Américas, pero sus recetas políticas o son insuficientes o no dan en el blanco. Aún contando todas las fallas de su visión de política, un gobierno de Kerry podría significar un mejoramiento de las relaciones entre los Estados Unidos y Latinoamérica. Desafortunadamente, eso no significa demasiado, observando cuán profundamente se han deteriorado las relaciones bajo el gobierno actual.
Sin embargo, si Kerry es serio en su ambición de que los Estados Unidos sea visto como un buen vecino que trata a la región con respeto y coopera en la solución de los problemas del vecindario, debería entonces comprometerse a establecer principios más coherentes.
Kerry es acertado al criticar al gobierno de Bush por fracasar en respetar los procesos democráticos. Sin embargo, un gobierno de Kerry estará expuesto a ser criticado por lo mismo si lleva adelante sus promesas de triplicar los programas de democratización del Fondo Nacional para la Democracia (NED), el cual acepta ayuda política a cambio de apoyar a los líderes internos favorecidos por el gobierno de los Estados Unidos. El papel de los Estados Unidos no debería ser el de “apoyar a la oposición democrática legítima”. Los latinoamericanos pueden organizar a sus propios movimientos y a su oposición política. Para ser un buen vecino, los Estados Unidos debería asegurar a los pueblos de Latinoamérica y el Caribe que pondrá fin a sus prácticas de forzar a sus gobiernos, ya sea por sí mismo o a través de las instituciones económicas internacionales, a aceptar políticas económicas que desventaja a los pobres y privilegia a las elites.
Kerry tiene razón al resaltar la importancia de la democracia. Durante las dos últimas décadas, la región ha hecho grandes progresos en la transición de regímenes militares y dictaduras a gobiernos democráticos. Sin embargo, su atención no está centrada donde debe ser. Los principales desafíos de la consolidación democrática no son Cuba y Venezuela como lo afirma Kerry. En todo el hemisferio, incluido Estados Unidos, existe una profunda desilusión con los procesos democráticos. La participación de los votantes está cayendo precipitadamente, al mismo tiempo que más ciudadanos se están volcando a las calles para hacer que sus voces sean escuchadas. Si el gobierno de Kerry es el de ser un buen vecino, necesitaría entonces escuchar todas esas voces de protesta, como también lo deberían de hacer los líderes políticos de la región.
Como la nación más poderosa del mundo y la de mayor influencia en establecer la dirección de la política económica global y las políticas del FMI, del Banco Mundial, la OMC, el gobierno de los Estados Unidos tiene una responsabilidad especial en promover las reformas económicas que otorguen tierras a los sin tierra, que provean asistencia técnica y de mercadeo a los pequeños agricultores, que aumenten los impuestos para los ricos, y que establezcan las bases de la política a seguir para lograr salarios más justosy empleos. La ayuda política y la insistencia en los valores de un gobierno democrático no podrán mantenerse por sí solas si la estabilidad política en el hemisferio y las condiciones sociales y económicas de la mayoría sigue deteriorándose.
Kerry ha propuesto un “Consejo para la Democracia” para apoyar los procesos democráticos de la región. Dicho consejo no es necesario. Una nueva política de buen vecino debería, en cambio, comprometer a los Estados Unidos a afianzar la Organización de los Estados Americanos (OEA) como una institución multilateral (que incluya Cuba) que no sólo responda a los intereses de Washington sino de todo el hemisferio entero. Si es necesaria la intervención política o militar para restablecer la paz y la estabilidad política, debería ser la OEA quien tome esa decisión. Si se compromete a ello, un gobierno de Kerry estaría en el camino correcto para crear una nueva Comunidad de las Américas.
Claramente, un nuevo enfoque es necesario para lograr una integración económica que incorpore las lecciones aprendidas de los éxitos y fracasos del TLCAN. Kerry tiene razón al criticar la política “monotemática” de las actuales negociaciones de comercio e inversión. Pero una política “bitemática” en la integración económica--una que insista en tener cláusulas sociales y a la vez que cumpla las demandas de liberalización de los Estados Unidos--podría ser también tan malo como peor. Kerry podría ganarse algunos simpatizantes entre los votantes cuando dice que los Estados Unidos necesita un "campo de juego llano" con reglas que aseguren “condiciones de igualdad” para competir internacionalmente. Sin embargo, esa retórica populista no le hará ganar ni respeto ni credibilidad en Latinoamérica, donde los gobiernos y las sociedades se ven desaventajados tanto en el comercio como en la inversión internacional.
Si Kerry está realmente interesado en establecer una nueva “Comunidad de las Américas”, debería observar la experiencia de la Unión Europea, que ha otorgado generosas preferencias comerciales y de asistencia para elevar el nivel de vida y las productividad económica de los países de menor desarrollo, como es el caso de Portugal. El desafío, por supuesto, es más grande en el hemisferio occidental, en donde hay una gran cantidad de vecinos pobres. Si los Estados Unidos va a ayudar a construir una comunidad hemisférica, en vez de construirse una fortaleza a su alrededor, debería comprometerse y comprometer a las instituciones económicas internacionales a ampliar las estrategias de desarrollo económico que mantengan a las comunidades rurales en el campo y fomenten sectores industriales más dinámicos. La política de inmigración de los Estados Unidos necesita reformarse, pero no habrá ninguna solución de largo plazo a los asuntos inmigratorios si no existen políticas que incentiven a los latinoamericanos a buscar oportunidades en sus países en vez de mirar hacia el norte.
La Nueva “Comunidad de las Américas” debería ser una comunidad desmilitarizada. Si los Estados Unidos va a ser un buen vecino, debería impartir un mensaje a Latinoamérica y el Caribe sobre el desarme y la desmilitarización. Como la historia lo ha demostrado, la ayuda y la intervención militar de los Estados Unidos es, frecuentemente, contraproducente. Arrastrar a nuestros vecinos del sur a sumarse a nuestras propias y desacertadas guerras contra el terrorismo y el narcotráfico, que es lo que parece que Kerry pretende, probará ser tan perjudicial para la región como lo fue el historial de apoyar a gobiernos militares durante la guerra fría. Proveyendo de generosa ayuda militar y entrenando a las fuerzas armadas de la región con el fin de promover la democracia; ganando la guerra contra el narcotráfico; luchando la guerra global contra el terrorismo o protegiendo naciones frágiles en contra del “populismo radical” no es la forma de apoyo vecinal que el pueblo de Latinoamérica y el Caribe necesita.
Una buena política de buen vecino será bienvenida en Latinoamérica, como lo fue el nuevo enfoque que le dio Roosevelt a las relaciones con el hemisferio en los años 30. La agenda de Kerry, al mismo tiempo que es un gran progreso comparado a la actual política de mal vecino de Bush, es todavía superficial y teórica. Su visión de una nueva “Comunidad de las Américas” refleja la cautela, el compromiso y la hipérbole de un político--no la de un líder audaz o el de un buen vecino. Sin embargo, frente al prospecto de otros cuatro años más de contar con un ultra conservador y un mal vecino como George Bush, Latinoamérica, junto con el resto del mundo, seguramente darían la bienvenida a un cambio en el gobierno de los Estados Unidos.
Tom Barry es el director de política del Interhemispheric Resource Center (IRC, internet: www.irc-online.org)