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Las costureras de la Ciudad de México recuerdan

Veinte años de sacudidas tras el terremoto en México

Laura Carlsen | 3 de noviembre de 2005

Versión original: Twenty Years of Aftershocks from Mexico's Earthquake
Traducción por: Ramón Vera

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Programa de las Américas

Hace veinte años, el 19 de septiembre de 1985, un terremoto de 8.0 grados sacudió la Ciudad de México. Más de veinte mil personas murieron ese día o en la réplica del día siguiente. Una nación se dolió rodeada de una devastación inimaginable en la complacencia de la vida cotidiana urbana. Pero al igual que en el huracán que golpeó Nueva Orleans en 2005, el naufragio reveló que la falla no yace tanto en el desastre natural sino en los desastres de variedad humana.

En México, capital, se descubrió que muchos de los edificios que se desplomaron eran construcciones por debajo de la norma en aras de ahorrar dinero con material barato y cimientos débiles, dinero que se fue directamente a los bolsillos de los políticos corruptos.

Entre las víctimas del temblor estaban cientos de costureras que trabajaban en los talleres de una zona del centro llamada San Antonio Abad. La cuota de muertos que crecía en las semanas subsecuentes al temblor aumentó aún más debido a que los dueños usaron equipo pesado para retirar las máquinas de coser y los bienes industriales mientras abandonaban a las trabajadoras, atrapadas sin remedio entre las ruinas.

Las supervivientes contaron historias de terror: estar encerradas en cuartos sobrepoblados sin rutas de escape, sin dirección y sin esperanzas mientras los edificios se derrumbaban. Su indignación se volvió rabia cuando al quedar sin empleo los patrones se rehusaron a pagar los salarios debidos y las indemnizaciones reglamentarias. Y su rabia, entonces, se convirtió en un sindicato.

Las trabajadoras formaron el primer sindicato independiente conducido por mujeres, en décadas: el Sindicato de Costureras 19 de Septiembre.

Los primeros años pasaron rápidamente entre juntas sindicales, movilizaciones callejeras, y encuentros de solidaridad nacional e internacional. Las activistas sindicales y feministas se acercaron al sindicato de costureras con ofertas de asesoría y asistencia. Fueron días embriagantes de empoderamiento de las mujeres, confrontación al sistema, descubrimientos y retos nuevos.

Pero al mismo tiempo, la lucha por los contratos colectivos fue una incesante batalla cuesta arriba. Los golpeadores de las organizaciones oficiales agredían a las costureras del nuevo sindicato y compraban las elecciones. Los dueños cerraron los talleres donde duramente se había logrado tener contratos sindicalizados y simplemente reabrieron en otra parte. Si con el terremoto se cayeron algunas paredes, para el sindicato en lucha otras se erguían gruesas y más impenetrables que nunca.

Al principio, la industria del vestido creció con el TLCAN, fortalecida por las inversiones en el sector de maquiladoras de exportación de la frontera norte y después con la devaluación del peso en 1995, que redujo los costos de la mano de obra, pero a partir de 2000 comenzó una caída tan pronunciada que se supone se agravará en los años venideros. La entrada de China a la Organización Mundial de Comercio y el fin de la Ley Multifibras abrieron una competencia global en pos de la producción que desploma los salarios y cierra las puertas de las fábricas para siempre. Los 2.45 dólares la hora promedio —en salarios y beneficios— que se pagaban a las empleadas mexicanas legales, parece una fortuna comparada con los 27 centavos de dólar que gana un obrero indonesio, o los 68 centavos que se pagan a los obreros de la industria china del vestido.

La globalización de la industria del vestido comenzó una carrera hacia el fondo que conduce a la pérdida de cerca de 200 mil empleos en la industria mexicana desde 2000. Muchos de los talleres se han hecho clandestinos. El secretario de Economía de México calcula que 58 por ciento del mercado nacional es ilegal —incluidos los bienes producidos en la economía informal, el contrabando y la mercancía robada.

Marisol Hernández, secretaria de prensa del Sindicato 19 de Septiembre en sus primeros años, comenta de lo que ocurría entonces y lo que ocurre ahora en toda una vida de ensamblar camisetas. Tras la separación del sindicato a principios de los noventa, encontró trabajo cosiendo en una fábrica grande, propiedad de una compañía mexicana. Hace varios años, la fábrica la compró Sara Lee, productores de la marca Hanes. No mucho después, la fábrica les cerró las puertas a 6 mil obreros en la planta de la ciudad de México y se mudó al estado de Aguscalientes.

Pese a que Sara Lee les pagó a los obreros despedidos los requisitos de ley, no es la primera vez que una compañía cierra en pos de pastos más verdes (salarios más bajos) en otra parte. Los obreros de la fábrica de la ciudad de México informan que tras laborar con salarios de cerca de 20 dólares al día, la planta de Aguascalientes les ofrece a sus obreros sólo cinco dólares diarios.

En una nación que se enfrenta a un déficit de más de un millón de empleos, las perspectivas que tiene una mujer de edad media en la economía formal son casi nulas. Las obreras de Sara Lee en la ciudad de México fueron enviadas primero a otra fábrica, pero los salarios sumaban tan sólo entre 30 y 40 dólares a la semana. Muchas, como Marisol, han recurrido a ensamblar por pieza en su propia casa. Una camisa de hombre se paga en dos dólares y, de acuerdo a Marisol, si realmente se apura puede ganar noventa dólares a la semana. Eso, claro, sin prestaciones, y las costureras son quienes tienen que poner su propia máquina de coser, el mantenimiento, la luz y otros insumos.

En cuanto al sindicato, la lucha interna entre feministas y asesores laborales, el libre mercado y una industria basada en el desmantelamiento de los sindicatos, fue lo que contribuyó a la desbandada.

De muchas maneras, la corta pero luminosa historia del “sindicato nacido de los escombros” dejó huella en la historia laboral mexicana. A fin de cuentas, no pudo ser un instrumento para defender los derechos de las trabajadoras ni un catalizador del movimiento feminista laboral. Su triste final mostró las duras limitantes de un movimiento obrero nacional en la economía global y los costos de imponerle ideologías beligerantes a una inexperta organización de trabajadoras.

Fue un fracaso, sí, pero logró forjar cambios importantes en las vidas de sus asociadas. Como lo puso el hijo menor de la dirigente sindical Rafaela Domínguez al comentar los días hiperactivos de organización: “¡Ay, mamá. El terremoto se te quedó adentro!”

Muchas siguen con sacudidas internas. La asociada sindicalista Concepción Guerrero trabajó por años en la cooperativa formada por el sindicato. Después del levantamiento zapatista, se volvió una dedicada simpatizante de las comunidades indígenas de Chiapas y de su estado natal, Guerrero. Otras asociadas del sindicato continúan activas en el Movimiento Urbano Popular, y muchas siguen trabajando y viven juntas en comunidades de viviendas para gente de escasos recursos que fueron obtenidas en las luchas de finales de los ochenta.

La experiencia de liderazgo, participación pública y empoderamiento que lograron en el sindicato puede no haber cambiado el mundo, pero para muchas modificó profunda y permanentemente los parámetros de sus relaciones personales y su sentido de ser. “El aprendizaje de estos años nadie nos puede quitar”, dice Marisol, “sé dónde me paro ahora, soy costurera y sé que tengo derechos”.

Pero veinte años después del terremoto y del surgimiento de organizaciones populares, México no parece haber aprendido nada de la experiencia. El movimiento sindical continúa controlado por sindicatos manejados por la empresa o ligados al Partido Revolucionario Institucional (PRI ) . En la mayoría de los casos tiene que ver con ambos. La cada vez más real amenaza del cierre de fuente de trabajo paraliza a los trabajadores en un modo de vida volcado a la supervivencia.

En una entrevista reciente con el periódico La Jornada, Evangelina Corona, ex secretaria general del sindicato resumió la experiencia de manera más o menos amarga, señalando que las costureras siguen damnificadas, “…pero ya no de un terremoto, sino del gobierno, del Tratado de Libre Comercio firmado por el presidente Carlos Salinas de Gortari y fue la tumba de muchas industrias y padre del desempleo. Somos damnificadas del sindicalismo corrupto y estamos atrapadas en la necesidad”.

De hecho, los salarios manufactureros perdieron 41 por ciento de su valor entre 1982 —cuando la economía comenzó a liberalizarse— y el año 2000. El índice de equidad en el desarrollo de género para las mujeres en México se ha mantenido relativamente estancado durante los últimos años de economía de libre comercio radical. Las obreras continúan siendo las peor pagadas y las más vulnerables, si lo cotejamos contra los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, en la frontera norte —muchas de ellas obreras de maquila. La profunda línea divisoria de la raza, con frecuencia poco reconocida por la sociedad mestiza, se muestra en los inconfundibles rostros morenos de las costureras, las obreras de las fábricas y las mujeres asesinadas.

Hay una ganancia que no pueden arrebatar el desastre natural, los desastres humanos del libre comercio, el desempleo y el sexismo: los cambios interiores. “Antes éramos totalmente sumisas”, dice Marisol, “no teníamos conocimientos. Ahora si dicen ‘vayan a trabajar en este edificio cayéndose,' no entramos. Ahora nadie haría lo que es injusto. Como personas, nuestra manera de pensar cambió.

La hija menor de Marisol, Dulce, juega en el cuarto de al lado. Con algo de suerte, y tal vez sin la necesidad de un desastre natural como catalizador, seguirá adelante desde donde se quedó su madre, conforme las generaciones tomen vuelo.

Laura Carlsen dirige el Americas Program of the International Relations Center (en línea en www.irc-online.org ) en la ciudad de México. Trabajó con el Sindicato de Costureras 19 de Septiembre entre 1986 y 1989.

 


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Cita recomendada:
Laura Carlsen, “Veinte años de sacudidas tras el terremoto en México,” Programa de las Américas (Silver City, NM: International Relations Center, 3 de noviembre de 2005).

Ubicación en Internet:
http://ircamericas.org/esp/2918

Información de producción:
Escritor: Laura Carlsen
Traduccion: Ramón Vera
Editor: Laura Carlsen
Producción y diseño: Chellee Chase-Saiz

Commentario
 
Nombre y apellido:  belen diaz muñoz Fecha: Sep 20, 2006
quisiera que pasaran el video del terremoto de 1985 que sacudio la ciudad de mexico
La discusión para esta historia ha estado cerrada.
 
 
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