(Lo que sigue es un resumen del reporte de mayo de 2005 del Centro de Relaciones Internacionales y de Enfoque en la Política Internacional.)
Casi nunca, como ahora, ha sido tan confusa o fragmentadora la política exterior estadounidense. La ocupación de Irak, la profundización del déficit comercial, agitar el sable por todas partes, el desdén por la cooperación internacional, han dejado al público estadounidense confundido acerca de lo que el gobierno de su país hace en el extranjero y por qué lo hace.
La falta de certeza del público acerca de lo que se hace en el mundo no es un fenómeno nuevo. En realidad no es algo distintivo de la era Bush. Con frecuencia el público estadounidense ha cuestionado si la política exterior de Washington realmente sirve a los intereses del país o si en verdad lo vuelve más seguro. Especialmente desde que en los noventa del siglo XIX nuestra república revolucionaria comenzó a pensar más en expandir el dominio estadounidense en el extranjero y menos en nuestras propias independencia, democracia y libertad, estas preocupaciones ensombrecen la política exterior.
Hoy, la “guerra global contra el terrorismo” y el discurso del “cambio de régimen” en otros países disparan críticas tanto de la izquierda como de la derecha política, y muchas voces se alzan en protesta ante estas iniciativas, exigiendo cambios en la política exterior. El presidente afirma que “mantendrá el rumbo”. Pero los altos costos, los magros resultados y los crecientes peligros que entraña el rumbo de la actual política exterior indican que existe la necesidad de un drástico cambio de dirección.
¿Podemos alterar el curso de la política exterior estadounidense?
¿Alguna vez, acaso, ha habido un modelo que nos aleje dramáticamente del militarismo y el unilateralismo y nos conduzca a una cooperación internacional y a la paz?
La respuesta es sí. Por fortuna, la política exterior estadounidense abreva de una herencia diferente —una que nos da orgullo y que puede servir de modelo e inspiración para nosotros y para otros. Es la política del Buen Vecino que propusiera el presidente Franklin D. Roosevelt en los treinta del siglo XX, como perspectiva fresca para las relaciones internacionales y los asuntos exteriores de Estados Unidos. Su presidencia (1933-1945) marcó un giro dramático en las relaciones exteriores estadounidenses y estuvo caracterizada por un repudio público a treinta años de imperialismo, estereotipamiento cultural y racial e intervención militar.
En Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt (FDR) es recordado sobre todo por sus políticas sociales y democráticas al interior del país y por su fuerte liderazgo como presidente en tiempos de guerra. Sin embargo, la política exterior de Roosevelt antes de la Segunda Guerra Mundial fue también sobresaliente y es muy relevante para responder a los conflictos económicos, culturales y de seguridad actuales.
En su discurso de toma de posesión, en marzo de 1933, Roosevelt anunció una nueva aproximación a las relaciones internacionales que habría de ser conocida como la política del Buen Vecino. “Dedicaré esta nación a la política del buen vecino —un vecino que resueltamente se respeta a sí mismo, y por ende, respeta los derechos de los otros”.
La política del Buen Vecino de los años treinta brinda inspiración a una nueva forma de abordar las relaciones internacionales —no es algo radicalmente diferente, pues tiene raíces profundas en la historia estadounidense. El periodo del Buen Vecino fue uno en que Estados Unidos tomó una firme posición como líder global, no como matón global; un tiempo en el que Estados Unidos buscó activamente construir un ambiente de cooperación multilateral en vez de buscar la dominación global.
Nuestro mundo ha sido testigo de profundas transformaciones, inimaginables en los días de la Gran Depresión y el New Deal. Conforme cambian las condiciones nacionales y globales, las agendas políticas deben evolucionar también. La política del Buen Vecino de FDR no puede aplicarse como plan de acción para la política exterior de hoy, pero los principios básicos subyacentes ofrecen claves para construir nuevas relaciones internacionales que sean sustentables social, política y ambientalmente.
Los Principios de la Buena Vecindad
Las condiciones globalizadas del siglo XXI requieren una ética de buena vecindad global consistente en cuatro principios y tres preceptos que se refieren a las principales áreas de las relaciones internacionales: asuntos militares, desarrollo sustentable y gobernancia.
Principio Uno: El primer paso hacia la buena vecindad es dejar de ser un mal vecino.
Principio Dos: Nuestro agenda de política exterior como nación debe vincularse a los amplios intereses de Estados Unidos en el mundo. Para ser eficaz y obtener el respaldo del público, un nuevo programa de política exterior debe trabajar en conjunción con reformas internas de política pública que mejoren la seguridad, la calidad de vida y los derechos básicos en nuestro propio país.
Principio Tres: Dado que nuestros intereses nacionales, nuestra seguridad y nuestro bienestar social están interconectados con los de otros pueblos, la política exterior estadounidense debe basarse en la reciprocidad y no en la dominación, en el bienestar mutuo y no en la competencia atrabilaria, en la cooperación y no en la confrontación.
Principio Cuatro: Siendo la potencia más destacada del mundo, se trabajará mejor a favor de Estados Unidos si se ejerce un liderazgo y una asociación global responsable en vez de buscar la dominación global.
Principio Cinco: Una eficaz política de seguridad debe tener dos patas. Una seguridad nacional genuina requiere de militares bien entrenados, capaces de repeler los ataques a nuestro país, pero también es necesario un compromiso proactivo por mejorar la seguridad personal y nacional mediante medidas no militares y mediante la cooperación internacional.
Principio Seis: El gobierno de Estados Unidos debe apoyar el desarrollo sustentable, primero en casa y luego en el extranjero, mediante políticas macroeconómicas, de comercio, de inversión y de ayuda.
Principio Siete: Un vecindario global próspero y pacífico depende del ejercicio efectivo del gobierno a nivel nacional, regional e internacional. Una gobernancia eficaz debe contemplar la rendición de cuentas, la transparencia y la representatividad.
Al igual que las iniciativas de relaciones exteriores impulsadas por FDR, estos principios rompen con las tradiciones de las élites de la política exterior y emulan las prácticas de urbes, comunidades y barrios por todo el país. Son fáciles de comprender, porque no están extraídos de algún manual de política exterior ni de los tratados ideológicos. Los principios de la Buena Vecindad Global reflejan nuestros valores básicos, nuestras reglas de oro, nuestra responsabilidad personal, nuestro sentido común y nuestra decencia humana. Son principios basados en las prácticas cotidianas de los buenos vecinos.
Rompiendo con las etiquetas políticas.
La ciudadanía estadounidense necesita y merece una nueva política exterior que clarifique valores en vez de confundirlos —una que rompa con las barricadas establecidas por las caducas etiquetas políticas de conservadores vs. liberales, realistas vs. idealistas, aislacionistas vs. internacionalistas.
Una política eficaz no puede ser ni egoísta ni meramente altruista. Adoptar los principios de una Buena Vecindad Global para que guíen nuestras relaciones con otras naciones y pueblos, nos hace rechazar la falsa dicotomía entre lo que es bueno para Estados Unidos o lo que es bueno para el mundo. Como subrayó Roosevelt en su discurso de toma de posesión, unas buenas relaciones exteriores se basan en el respeto propio. No importa qué tan bien intencionados sean los motivos, no importa qué tan inspiradora sea la retórica, cualquier política exterior a la que le falten firmes anclajes en casa será un fracaso.
La política exterior es promulgada por los gobiernos, pero la ética de la Buena Vecindad Global va más allá del ámbito del gobierno. En un mundo cada vez más interconectado, los individuos, las comunidades, las iglesias, las organizaciones y las corporaciones tienen un papel que jugar en la forja de las relaciones internacionales. Las prácticas de una buena vecindad se aplican cuando operamos un negocio, cuando compramos bienes, viajamos o compartimos los recursos del planeta.
Una ética, no una doctrina
La Iniciativa de la Buena Vecindad Global no es una doctrina política.
La sociedad estadounidense y el resto del mundo están hartos de las “doctrinas de seguridad nacional” de Washington, de las “grandes estrategias” de política exterior. Para poder responder a la cuestión de qué estamos haciendo con el mundo y por qué, no requerimos de ningún esquema grandioso. Al ver el mundo en términos simplistas, las doctrinas y las grandes estrategias únicamente inspiran confusión y conducen a acciones desafortunadas.
Un problema central con casi todos los marcos de política exterior —como aquel de la Guerra Fría o el de la “guerra global contra el terrorismo”— es que constriñen todos los asuntos a nichos muy mal definidos y con frecuencia totalmente inapropiados.
El actual marco de la política exterior, el de la “guerra global contra el terrorismo”, ha generado hipocresía y enpantanamiento. Alegando combatir al terrorismo internacional, el gobierno estadounidense, con apoyo de ambos partidos, está inmerso en una guerra contra el “narco-terrorismo” en Colombia, está comprometido en ocupaciones militares de largo plazo en Irak y Afganistán y está encadenado en su respaldo a una intransigente línea dura en Israel. Es tan amplio, vago y enloquecedor el marco de referencia de la guerra contra el terrorismo que justifica el apoyo a Estados forajidos como Pakistán, acusa a movimientos civiles y líderes políticos de ser “populistas radicales”, levanta un muro en la frontera de Estados Unidos y México y viola las libertades civiles y los derechos humanos en casa y en el extranjero, en forma rutinaria.
El cuarto presidente de la nación, John Quincy Adams, advirtió que Estados Unidos no debía “ir al extranjero en busca de monstruos qué destruir”. Su advertencia no implica únicamente que no hay monstruos en el mundo sino que alerta en contra de fabricar amenazas a la seguridad nacional estadounidense. La guerra hispano-estadounidense, la guerra de Vietnam, la actual guerra de Irak, entre muchos otros ejemplos, muestran lo inútil de lanzar a los cruzados estadounidenses a destruir monstruos en tierras extrañas.
Es claro que hay algunos monstruos muy reales en el mundo y deben ser destruidos antes de que ocasionen mayor daño. Entre ellos el principal es Al Qaeda, que es una organización de cuadros y un movimiento. La organización ha atacado Estados Unidos y a su gente en varias ocasiones, incluido el 11 de septiembre de 2001, y debe ser perseguida e incapacitada, sea mediante un juicio y su subsecuente encarcelamiento o mediante golpes precisos guiados por agudos servicios de inteligencia.
Como parte de la guerra global que contra el terrorismo emprende el gobierno de Bush, el gasto del Pentágono y los despliegues de tropas en otras tierras han incrementado dramáticamente. Sin embargo, sólo una pequeña parte de este nuevo gasto responde a la amenaza del terrorismo internacional. No hay ningún indicador de que el terrorismo dirigido contra las tropas y los contratistas estadounidenses en otras regiones esté disminuyendo como resultado de la “guerra contra el terrorismo”; de hecho, hay evidencia sustantiva en contra de esta afirmación.
Pero un nuevo consenso público está surgiendo en torno de la creencia de que, con sus acciones y arrogancia, el gobierno estadounidense está provocando peligrosas discordias y desintegrando las relaciones internacionales. Al hacerlo, los actuales líderes de Estados Unidos están poniendo en riesgo el futuro del país.
Ya no podemos “mantener el rumbo” como dice el presidente Bush y como afirman los líderes de ambos partidos.
Para cambiar el rumbo, Estados Unidos necesita una nueva ética de las relaciones internacionales.
Para eso, no necesitamos comenzar de la nada, o pedir prestado de Naciones Unidas, Europa o algún sector político en casa. El gobierno y el pueblo de los Estados Unidos tiene el legado de FDR, la política del Buen Vecino, que es una piedra de toque auspiciosa. Si restauramos una ética de vecinos, con respeto mutuo por los derechos de unos y otros, habremos dado un enorme salto en la promoción de la seguridad, el desarrollo y una buena gobernancia —no sólo en nuestra nación, sino en todo el mundo.
La ética de buena vecindad global no es un plan detallado para mejorar las relaciones internacionales. Es una ética para guiar las políticas y las acciones internacionales en estos complejos y confusos tiempos. Si el problema son las devastadoras mareas, el terrorismo internacional o el cambio climático, estos principios son guías básicas para un compromiso global.
Adoptar la ética de buena vecindad global no requiere apoyar a algún partido político en particular. No significa unirse o abandonar ningún ámbito político, sea conservador, liberal, progresista, de izquierda o derecha. Lo único que requiere es la convicción, como la tuvo Roosevelt, de que las prácticas cotidianas de buena vecindad —respeto propio, respeto mutuo y espíritu de cooperación— son un principio apropiado para beneficiarnos mutuamente de unas relaciones internacionales. Esta “política del buen vecino” fue correcta en los años treinta, y es correcta ahora, en nuestra época.
Tom Barry es director del Centro de Relaciones Internacionales (IRC) y fundador de Enfoque en la Política Internacional (FPIF). Salih Booker es director ejecutivo de Acción por África y miembro de la junta directiva del IRC. Laura Carlsen dirige el Programa de las Américas del IRC. Marie Dennis es directora de la Oficina Maryknoll para Asuntos Globales y miembro de la junta directiva del IRC. John Gershman es codirector de Enfoque en la Política Internacional (FPIF) y director del Programa de Asuntos Globales del IRC.